Cada ciudad europea tiene una personalidad distinta. Algunas caminan deprisa, otras desayunan lento, otras parecen vivir en un museo al aire libre. Y todas, absolutamente todas, tienen un color propio… aunque nadie se haya parado a ponerlo en palabras.
En Kolorearte nos gusta hacer justo eso: mirar una ciudad y traducir su alma en cinco tonos. Una tarea deliciosa para cualquier diseñador, porque una buena paleta urbana es mitad observación, mitad intuición.
1. Observar el paisaje urbano (literalmente)
El primer paso es sencillo: mirar. Pero mirar de verdad.
¿La ciudad respira piedra antigua, cristal moderno o mar abierto?
Las texturas hablan, y suelen hacerlo en RGB.
Las callejuelas de Cádiz susurran amarillos empolvados y azules cerámicos.
Toledo pide beiges suaves y toques de burdeos elegante.
Bilbao reclama grises arquitectónicos con un verde inesperado que aparece en cualquier parque.
2. Escuchar la cultura, no solo verla
Una ciudad no es solo su fachada, también es su actitud.
Barcelona es más vibración que fachada: te lanza un coral energético y un azul mediterráneo que no necesita presentación.
Donostia, en cambio, te saluda con una mezcla de bruma grisacea y piedra antigua que parece contar historias.
3. Elegir 5 colores, ni uno más
El reto está en sintetizar.
Cinco colores obligan a escoger lo esencial:
el tono que hace de columna vertebral,
la sombra que estructura,
el acento que sorprende,
y ese color que no esperabas… pero que hace que la ciudad sea ella.
4. Convertir sensaciones en diseño
Al final, una paleta es un retrato emocional.
Una ciudad vista en cinco tonos puede decir más que una guía de viaje: puede recordar un olor, una canción de calle, una forma de caminar.
En Kolorearte recogemos esas sensaciones y las transformamos en láminas listas para colgar.
Cinco colores. Una ciudad. Una historia. ¿Cuál será la tuya?



